- ¿El que?,
¿que es lo que te gusta? –
- Estar aquí,
a tu lado – me respondió, con una mirada sincera.
- Y a mi, no
me gusta; me encanta más que nada. – solo fui sincera, y dije lo que pensaba.
Ese momento fue interrumpido por Dani:
- Bueno
chicos, ¡ya hemos llegado!!! – y entonces suspiró, era normal, había estado
conduciendo todo el rato, y ahora necesitaba descansar, y como no: al lado de
Carmen.
- ¿Quieres
que nos tumbemos un rato en el césped a descansar? – propuso Carmen a Dani.
- Si, me
duele la espalda. – Dani, encantado, se sentó en el césped de enfrente, y se
sentó con Carmen, cogidos de las manos. Entonces, Álvaro me dijo:
- ¿Quieres
que vayamos tu y yo al césped también? Pero con una condición: nos ponemos
debajo de ese árbol. – y se rió. Me cogió de la mano, como a una princesa, me
abrió la puerta, y me cogió por la cintura. Me llevó hasta el hueco de debajo
de ese árbol. Era precioso.
- Que,
¿hablamos? – él sabía que yo tenía muchas ganas de hablar con el; era verdad.
Yo le respondí con la mirada. El me cogió de la mano, y nos abrazamos; era todo
más perfecto que nada.
- ¿Sabes lo
que me apetece cantar ahora, aquí mismo? – me dijo Álvaro.
-
No, cántalo, y lo sabré. – le dije.
- Un mirador,
con vistas, al infinito. – canto esa parte de la canción de cartas
entrelazadas. - ¿Sabes por qué? – me preguntó.
- ¿Por qué? –
le pregunté yo intrigada.
- Porque este
momento de la canción, es igual que el que estoy viviendo ahora, aquí, a tu
lado, infinitamente.
- Yo también
siento lo que describe la canción en esa parte. –
- Bueno…
vamos ya con los demás, comeremos en un restaurante, y nos echaremos unas
partidas al golf. ¿Te parece bien este plan? – me comentó.
- Todo lo que
propones me parecerá bien. – le dije.
- Genial,
pues anda, levántate, y vamos para allá. – Me levanté cogida de su mano, y fimos con los
demás, Álvaro, comentó a los chicos lo que habíamos planeado:
- Que os
parece esto: vamos comer en un restaurante, y después a jugar al golf. –
A todos les
pareció una buena idea, así que fuimos yendo hasta el restaurante de enfrente.
Era muy bonito y elegante. Un señor que estaba en la puerta, nos comentó:
- ¿Tenéis una
reserva echa? – Carlos le dijo:
- No, pero
espero que podamos pedir mesa, por favor. Somos diez.
- Está bien.
Que alguien me acompañe a recepción, tengo que apuntaros a la lista.
- Ya voy yo.
– dijo David, acompañado de Ana. Ana se sintió un poco incómoda, ya que
prefería que la acompañase Carlos, pero le dio igual.
Los demás
escogimos mesa para los diez. Como siempre, yo me senté al lado de Álvaro, y el
a mi lado igual.
- Siéntate. –
me dijo retirando la silla para que me pudiera sentar.
- Gracias. –
le dije con una mirada agradecida por lo que estaba haciendo por mi desde que
llegue a su vida.
- De nada, no
me des las gracias. – me sorprendía cada cosa que decía.
- Bueno, que
os esta pareciendo el día, chicas, ¿ya os habéis decidido? – dijo Blas.
- La verdad…
- iba contando Rachel. – No estamos seguras del todo, al acabar el dia ya os lo
comentaremos. – contó a todos sonriendo.
- Eso espero
– le contestó Blas, con una agradable voz. Estaba segura de que Álvaro pensaba
lo mismo. Yo aun no sabía que hacer. Era todo muy raro, y muy difícil. Pensé
que después ya hablaría con las chicas, y lo aclararíamos todo sin discusiones.
- ¿Qué
quieres pedir, Maria? – me preguntó Álvaro.
- Pues no
estoy muy segura, pero creo que espaguetis a la carbonara, es uno de mis platos
favoritos. – dije yo hambrienta.
- Pues guay,
yo tomaré espaguetis también pero a la boloñesa. – me dijo el. Todos habíamos
elegido lo que queríamos y solo faltaba pedir-se lo al camarero.
- Y Ana y
David, hace rato que no aparecen. – preguntó Sara, desconcertada.
- No lo se,
tendrían que venir pronto. – le contestó amablemente Carlos.
- Mirad, ahí
viene la parejita feliz. – nos dijo a todos Dani, riéndose. Carlos y Sara, Blas
y Rachel y Dani y Carmen, estaban enamorados, pero Ana, creo que no de David. Yo….
no sabía si estaba igual con Álvaro. Estaba claro que lo que nos pasaba a el y
a mi, era mucho más fuerte que lo de los demás, era amor.
- Hola, ¿que queréis
tomar? – preguntó el camarero.
- Todos lo
sabemos; yo y ella espaguetis a la carbonara y a la boloñesa. – le respondió
Álvaro al camarero. Los demás también le dijeron al camarero lo que querían
comer, y el camarero se fue con todo anotado. En un rato nos lo traerían todo y
de mientras esperábamos, hablábamos toda a la vez, estábamos con el móvil… Pero
yo era la única que no estaba hablando. Estaba seria, pero no por mucho tiempo,
porque Álvaro me hizo sonreír:
- Ven,
acércate. – me dijo sacándose la cámara del bolsillo, nos pusimos juntos, y nos
sacamos una foto.
- ¿Para que
quieres la foto? – pregunté yo.
- Para
recordar este momento, este día… - me dijo el, abrazándome, y después de eso,
me dijo:
-¿Tienes un
permanente negro? –
- No se,
ahora lo miro. – le dije yo, no sabía para que lo quería, pero en cuando se lo
di, lo averigüé en seguida.
- Voy a
escribirme tu nombre en el brazo, y tú harás lo mismo con mi nombre en tu brazo,
¿vale? – y eso fue lo que hicimos, crucé el brazo, y me escribió su nombre en
el, y yo mi nombre en el suyo. Nos miramos y nos reímos, nos dimos las manos.
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